Supervivencia
Jorge Olivera Castillo
La escacez enfurece. Son frescas las evidencias de esas escenas donde un par de señoras intercambian improperios irrepetibles y otras personas destilan denuestos contra todo lo humano y lo divino.
También no falta el sorpresivo puñetazo que da comienzo a una pelea, el cuchillo en alto que obliga al repliegue del gentío, los gritos de pánico de damas y niños, y los automóviles de la policía que llegan para restaurar el orden. Eso ha sucedido o está a punto de suceder en cualquiera de los barrios de Ciudad de La Habana. Las causas son las mismas: la llegada de un camión cargado de papas al local del estado donde se expenden los productos del agro. La oferta del tubérculo ha decrecido notablemente desde que fue suprimido de la lista de los productos que se entregaban de manera racionada. Para evitar el acaparamiento y en busca de que la mayoría de los consumidores tengan acceso al producto, solo se despachan 5 libras per cápita por el valor de cinco pesos cubanos. Tales regulaciones caen en saco roto. Núcleos familiares enteros se trasladan a los locales con el fin de acopiar la mayor cantidad del producto para su posterior reventa. Dentro de las artimañas utilizadas para el lucro, no se pueden descartar las que ponen en práctica los administradores de estos centros. El contenido de decenas de sacos no llega a las tarimas. Se reservan para su comercialización en el mercado negro donde actualmente el kilogramo se cotiza a 4 o 5 pesos, el doble del precio establecido por los funcionarios del ministerio de Comercio Interior que regula este tipo de actividades. A partir de la multitud que se concentra en los alrededores de los mercados para comprar la asignación de papas, es que surgen las disputas. De las necesidades, que en Cuba tienen un largo historial, han surgido personajes como el “colero”. En este caso, su propósito es marcar varias veces en la fila y cobrar por sus servicios. También suelen aparecer personas que defienden enconadamente su presunto derecho de contar con un puesto en los primeros lugares de una interminable hilera de gente que con el paso del tiempo va convirtiéndose en una masa amorfa y propensa al enojo en sus versiones más virulentas. Cayo Hueso, Belén y Jesús María, por solo mencionar tres barriadas habaneras donde la miseria tiene el don de la ubicuidad, la llegada de las papas ha desatado graves situaciones de violencia donde del intercambio de obscenidades e imprecaciones altamente corrosivas, se ha pasado al mutuo lanzamiento de piedras y el uso de armas blancas. Los rumores indican que la escacez seguirá en aumento y no parece que los vaticinios sean errados. Otros productos han desaparecido hasta de los estantes de los mercados semiprivados, que habían logrado sortear, de cierta manera, el fenómeno de la escacez. Sin dudas, las anunciadas reformas en el campo con vistas a elevar los rendimientos se quedaron varadas en el falso optimismo que suelen proyectar las teorías concebidas a golpe de caprichos y fantasías. Las causas del desabastecimiento están claras. Solo hace falta cortar el nudo del voluntarismo y acabar de liberar las fuerzas productivas. Mirar para el otro lado de esta cuestión o seguir impartiendo discursitos alentadores aparte de irresponsable y cínico, es una señal de que nada positivo se puede esperar de una élite, enceguecida por la soberbia.
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