Silencios deshonrosos
Jorge Olivera Castillo
Por treinta años Kendall y Gwendolyn Myers traicionaron a su país al espiar para el régimen de los hermanos Castro. Siguiendo las instrucciones de La Habana, el Sr. Myers trató de conseguir empleo en la Agencia Central de Inteligencia pero, al no lograrlo obtuvo un puesto en el Departamento de Estado. Durante treinta años se dedicó a robar información secreta del gobierno norteamericano para enviarla a los enemigos jurados de los Estados Unidos en La Habana. El Señor Myers además fue profesor en la Universidad Johns Hopkins en la capital norteamericana, la misma institución de la que se graduó Ana Belén Montes, la ex-agente de alto nivel de la Agencia Nacional de Inteligencia, que cumple una condena de 25 años después de haber confesado haber espiado para La Habana por muchos años. En la acusación presentada a los tribunales por la fiscalía norteamericana se dice que los Myers tenían “gran admiración” por la Señorita Montes. Los Myers, según la fiscalía, se vanaglorian de haber sido condecorados por el régimen castrista, y de haberse reunido con Fidel Castro, a quien mucho admiran. Por su parte, Ana Belén Montes, estaba tan orgullosa de su trabajo de espionaje que guardó en su computador varias felicitaciones de sus jefes en La Habana. Los casos de los Myers y de la Montes son similares: recibían instrucciones en clave por medio de trasmisiones de onda corta, se reunían con sus supervisores cubanos fuera de los Estados Unidos, y tenían (¿tienen?) una imagen idealizada de la tiranía cubana, de la misma forma que los espías de Stalin la tenían de la terrible dictadura soviética. El servicio de espionaje castrista, como en su día el servicio de espionaje soviético, sabe la importancia de tener un agente bien situado no solo en el Pentágono, y en el servicio diplomático, si no también en una universidad, una institución religiosa o en un periódico. En los casos que nos ocupa, la Montes y los Myers además de enviar información secreta a La Habana, actuaban como agentes de influencia y desinformación: promoviendo dentro del gobierno y del mundo académico una imagen inocente del régimen de La Habana. En ese sentido ellos, y posiblemente otros todavía por descubrir, son la muy importante primera línea de defensa del régimen cubano, ya que parte de su labor es convencer a sus colegas en el gobierno, en el mundo académico y en la prensa de que el régimen, que es responsable de miles de muertes alrededor del mundo, incluyendo el asesinato de ciudadanos americanos, no es un peligro para los Estados Unidos. No tiene que sorprendernos que Fidel Castro haya dicho en una de sus tediosas “reflexiones” que el crimen de los Myers “es un cuento ridículo.” La acusación presentada a los tribunales no tiene nada de ridículo: describe también una de las formas de reclutamiento del servicio de inteligencia castrista, el cual se acercó al Profesor Myers durante “un viaje académico” a la isla. Para los espías los contactos posteriores dicen ser menos peligrosos fuera de los Estados Unidos, aunque aparentemente no es muy difícil para los agentes de inteligencia cubanos burlar el contra espionaje americano. La Sra. Myer trabajó en una oficina de un Senador federal por North Dakota, y allá fue a visitarles un diplomático de la misión castrista en Naciones Unidas. La visita del diplomático no fue detectada. Por otra parte, los Myers tenían que haber sabido que la relación entre Cuba y los Estados Unidos es mucho más que una relación bilateral: La Habana fue un aliado importante de la Unión Soviética y hoy lo es de Corea del Norte, Irán, Siria, Sudan –países reconocidos internacionalmente por su apoyo al terrorismo. Cuando los Estados Unidos se preparaban a invadir a Irak, Ana Belén Montes fue arrestada, por temor del gobierno de que le entregase los planes de guerra norteamericanos a sus supervisores en La Habana, los que estaban en estrecho contacto con Saddam Hussein. La otra noche, leyendo los artículos de prensa sobre el caso de los Myers, me extrañó la falta de algunas fuentes sobre Cuba, esos individuos que con frecuencia culpan a los Estados Unidos y presentan al régimen de La Habana como una víctima inocente del “imperialismo”. Los mismos que aparecen en la prensa “para dar balance” a algún artículo crítico del régimen. Había algo en los artículos poco usual, como en la historia famosa de Sherlock Holmes: el silencio del perro que no ladró al entrar el asesino, porque lo conocía. El perro de la historia de Sherlock Holmes no ladró y los críticos “moderados” no ofrecen sus comentarios. Tantos expertos sobre la diplomacia cubana o norteamericana, tantos estudiosos sobre lo que piensan los hermanos Castro, los académicos que dicen tener fuentes en Cuba que no pueden divulgar, ¿donde están? ¿Cuál es el significado de ese silencio? ¿Han adquirido de pronto algún pudor, o es que piensan que hablar sobre los espías es meterse en camisas de once varas? ¿Y la experiencia de los Myers, y de otros con los viajes académicos? ¿Cuántos académicos han reportado a sus universidades (o al gobierno) alguna conversación con algún guía turístico, algún anfitrión oficial en La Habana, interesado en establecer una relación especial con el profesor? ¿Cuántos estudiantes, cuántos colegas del Profesor Myers son bien recibidos en la Misión castrista en Washington? ¿Cuántos van a la isla, como los Myers, con nombres supuestos, y para qué? ¿Qué puede hacerse, sin limitar las libertades de los americanos, sin merma de la libertad académica, para encarar las operaciones de espionaje castristas? ¿Se recuerda alguien de la Profesora Lourdes Casals quien de, exilada y catedrática acá, al morir recibió un funeral oficial en La Habana? ¿Hay o no hay espías castristas en los Estados Unidos? ¿Los Myers son también héroes de la patria? ¿De qué patria, si son traidores a su país y a la causa de la libertad? El silencio no debería sorprendernos: algunos no se habrán enterado porque están muy ocupados visitando a Washington donde pretenden hablar por los cubanos libres, o tratando de convencer a los europeos para que presionen a Obama para que levante el embargo. Otros, habrán decidido esperar, no vaya a ser que uno de los Myers decida cooperar con la fiscalía y dé a conocer lo que sabe; otros simplemente prefieren no tocar el asunto, y alguno posiblemente esté esperando instrucciones de La Habana. Pero el silencio está ahí. Y no hay que ser Sherlock Holmes para reconocer los silencios despreciables, deshonrosos, cómplices. ***********
Frank Calzón es director ejecutivo del Centro para Cuba Libre.
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