Cuba en la OEA: ¿Qué hay detrás de bambalinas?
Huber Matos Araluce
Desde hace varias semanas el regreso de Cuba a la OEA es un tema de actualidad en Latinoamérica. ¿Se debe aceptar a Cuba en la OEA?
¿Por qué no, si la mayoría de los países que forman esta organización tienen relaciones diplomáticas y comerciales con el régimen de La Habana?
¿Por qué no, si la expulsión de Cuba se dio por sus vínculos con el bloque soviético y eso es ya prehistoria?
¿Por qué no, si el único impedimento para esa admisión es su Carta Democrática, y el primero que la ignora es su Secretario General, José Manuel Insulza?
¿Por qué no, si una foto con el dictador cubano es el recuerdo más respetable que se puede llevar de Cuba cualquier democráticamente electo presidente latinoamericano?
Nadie corre a Chile a tomarse una foto con Michelle Bachelet, ni va a Colombia a retratarse con Uribe, quien después de Obama es el segundo líder más popular del área.
¿Qué repartirán en La Habana?
El problema es que quienes se oponen al ingreso de Cuba en la OEA son los Estados Unidos, Canadá y Fidel Castro. Los dos primeros porque dicen que hay que respetar la Carta Democrática y Fidel Castro que no se cansa de repetir que la OEA es un cadáver putrefacto y que Cuba no va entrar en una organización podrida.
Pero los Estados Unidos y Canadá pertenecen a otra cultura. En Latinoamérica las cosas que se escriben son para leerlas, son literatura. En Latinoamérica somos más “prácticos” con las constituciones y las leyes, porque se interpretan con relatividad, dependiendo de las circunstancias.
Tampoco hay que ponerle mucha atención a los insultos de Fidel Castro. El Comandante en Jefe insulta a todo el mundo porque está molesto y está enfermo. Hay que ser comprensivo. Acaba de insultar a los mexicanos acusándolos de callar sobre el brote de la fiebre porcina. México lo ignoró y evito un choque diplomático. Prueba de que en Latinoamérica somos más cristianos que los puritanos del norte. Acá cuando pasa algo feo miramos para el otro lado, ponemos la otra mejilla.
Pero el problema persiste porque la admisión a la OEA es por consenso, y Washington y Ottawa se niegan. Entonces ¿a qué viene la discusión?, ¿qué hay detrás de bambalinas?
Al Secretario General de la OEA le sirve el protagonismo. Se hace el simpático con los castro-chavistas y así evita que bajo su liderazgo la OEA se desgaje, como ha venido amenazando públicamente Hugo Chávez, quien en privado le debe haber advertido: José Manuel, si me criticas por lo que hago en Venezuela, te dejo sin organización.
A los presidentes latinoamericanos les sirve la discusión de Cuba y la OEA. Prefieren una cortina de humo que distraiga la atención de los atropellos perpetrados contra los medios de comunicación y la oposición venezolana. Estamos presenciando el asesinato público de la democracia venezolana ante el silencio de una complicidad pagada con petróleo, dólares y compromisos.
Tampoco a los presidentes de nuestra región les importa que Venezuela le sirva de base a Irán y a sus radicales. En el mundo Irán es el estado promotor del terrorismo por excelencia. Los políticos nuestros pensarán que en última instancia eso es un problema estratégico de los americanos.
Argentina, que sufrió dos terribles atentados terroristas directamente vinculados al gobierno de Irán, es incapaz de lanzar una advertencia. No pueden hacerlo porque la incondicionalidad de los Kirchner fue comprada con millones de dólares para la campaña presidencial de Cristina Fernández.
Además de todas estas razones, qué argumento más popular hay en Latinoamérica que poner en una situación embarazosa al “imperialismo” y qué mejor tema para esto que el asunto de Cuba. Y eso es lo que hay detrás de bambalinas: dólares, petróleo y demagogia.
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