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Desmantelamiento de la diócesis de Pinar del Río

 

Después de la profunda crisis de credibilidad que ha provocado en la iglesia de Pinar del Río y en la cubana la sustitución de Monseñor José Siro González Bacallao por Jorge Enrique Serpa, nombrado nuevo obispo, es necesario analizar cuál ha sido la evolución de los sucesos en el desmantelamiento de esta diócesis, para poder sacar las lecciones, y que en un futuro la Iglesia Católica pueda enmendar y mantener la autonomía ante el poder del estado y cumplir con su misión evangelizadora como lo había hecho de una forma u otra hasta ahora.

Se puede apreciar, mirando globalmente, después de este periodo de tiempo que hay una línea conductora que hilvana todo el proceder, que demuestra claramente que el propósito fue, buscar el desmantelamiento de la Diócesis pinareña por el “gran cerebro” de esto, el cardenal Jaime Ortega y Alamino, arzobispo de La Habana. La primera movida de Ortega fue influenciar en el Vaticano para que fuera nombrado obispo de Matanzas, Monseñor Manuel Hilario de Céspedes, quien era el sacerdote que de forma natural y por derecho sucedería a Monseñor José Siro González Bacallao como obispo de Pinar del Río y, que sin lugar a dudas, respetaría el estilo de ser iglesia de esa diócesis. Hay que reconocer la genialidad del cardenal al anticiparse unos años en la previsión y concreción de sus objetivos, aunque no le costó mucho trabajo lograr esto porque Monseñor Manuel de Céspedes reunía suficientes méritos para ser un digno prelado de la iglesia católica.

Posteriormente el cardenal Alamino, influyó y presionó en el Vaticano para que fuera aceptada la renuncia de Monseñor José Siro González Bacallao, sabe Dios los argumentos que el cardenal avaló para lograr esto. A pesar de que desde antes, en la iglesia cubana existían dos diócesis sin obispo, Cienfuegos y Guantánamo, y hoy día, después de todos los cambios y nombramientos que ha habido siguen dos diócesis sin obispos (Cienfuegos y Bayazo-Manzanillo) y además, de que Siro goza de un muy buen estado de salud, Benedicto XVI aceptó la renuncia de Siro, porque este estorbaba a los objetivos del cardenal para imponer una línea única en la iglesia cubana, de conservadurismo preconciliar, y de pietismo religioso para no rozar con el gobierno y obtener determinados provechos, sin dudas, de índole material. Le siguió el nombramiento de Jorge Enrique Serpa, cienfueguero de origen (¿por qué no fue nombrado para esa diócesis si esta llevaba tiempo sin obispo?), pero que no conoce la historia y la cultura pinareña al haber estado fuera de Cuba durante más de 30 años a partir del triunfo de la “revolución” del 59.

Serpa, fiel a su mentor y protector, era la persona idónea para desmantelar la diócesis de Pinar del Río y su línea pastoral de marcada inclinación social, porque al no tener nada que ver con esa iglesia local y no tener ningún vínculo sentimental y afectivo que lo uniera a ella, podía operar fríamente como un funcionario-cirujano sin respetar su tradición. Hay que confesar, que la elección de Ortega fue excelente porque en apenas un trimestre el “obispo” Serpa cumplió con creces su cometido y asumió claramente una línea pastoral que no quiere roces ni conflictos con el gobierno, algo que se veía venir desde su discurso de aceptación del nombramiento como obispo, al decir que su relación con el estado llegaba a ser como una amistad. Esto se hizo bien evidente al cerrar el Centro de Formación Cívica y Religiosa de Pinar del Río y cambiar la línea editorial a su prestigiosa revista Vitral, transformándola en una revista que no tiene nada que ver con el origen y espíritu con que sus fundadores y realizadores la hacían; ha desarticulado la Hermandad de Ayuda al Preso y sus Familiares, convirtiéndola en una dependencia de Caritas y despidiendo a varios de sus trabajadores. Estas obras pastorales eran, sin lugar a dudas, las de mayor alcance e influencia social y las que menos toleraba el régimen totalitario de Cuba.

Antes de esto, al cardenal Ortega le quedaba un escollo que librar en su desenfrenada carrera por imponer su autoritarismo y el predominio de su línea en la iglesia cubana, y era, remover el nombramiento que había hecho el Vaticano al Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, al prestigioso y destacado laico pinareño Dagoberto Valdés Hernández, director del citado Centro Cívico y de su órgano de publicidad, la revista Vitral. Siguió teniendo éxito el cardenal, a mitad de su segundo mandato, Valdés, fue removido de su nombramiento, para esto el cardenal de La Habana encontró plena ayuda en la Embajada de Cuba en el Vaticano, que desde el mismo nombramiento de Valdés Hernández habían presionado a la Secretaría de Estado para que retiraran dicha designación.

Del Estado cubano no sorprende para nada que haya hilado fino para desarticular y desmantelar la Diócesis de Pinar del Río, esa siempre había sido su aspiración, ya Ricardo Alarcón en visita a España en noviembre del 2005 le había pasado la pelota al terreno de la iglesia, lavándose las manos, al declarar fuera de contexto, que en Cuba sí existía libertad de expresión y poner como ejemplo a la revista Vitral, argumentando que era crítica con el régimen. Pero del cardenal realmente sorprende. ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo mueve? Se desprende que hay un fuerte componente de omnipresencia y autoritarismo en este comportamiento, solo puede existir una línea pastoral, la de él. Los obispos que no sean autoritarios y fundamentalistas como él, no deben expresar y mucho menos aplicar sus diferencias en obras pastorales. En esencia es la misma obsesión totalitaria que padece el régimen cubano pero al interior de la institución. Otra razón que se deriva es, las miserias humanas, sí, a pesar de ser cardenal y haber llegado a lo más alto de la distinción de la iglesia católica, el cardenalato, Jaime Ortega no podía soportar jamás que una diócesis tan pobre, güajira, sencilla, con muy escasos recursos humanos y materiales, con poquísimos sacerdotes, hubiera podido alcanzar el reconocimiento de muchos cubanos, de muchos fieles católicos de otras diócesis, de muchas personalidades en Cuba y en el mundo, e incluso se había ganado el respeto del régimen por la seriedad y valentía con que José Siro condujo el gobierno de su Diócesis. Pobre cardenal, a él y a Serpa se les escapa un detalle esencial, la grandeza espiritual de los laicos, sacerdotes, religiosas y pueblo de Pinar, la sabiduría y virtud de Siro, que dejó hacer a sus laicos de manera libre y responsable, depositó en ellos su confianza y los acompañó y alentó en sus compromisos, eso solo lo puede hacer un hombre que está seguro de sí y sabe realizar bien su misión de pastor. Ortega y Serpa no pueden ver la grandeza si no es en obras materiales, en número elevado de fieles, sacerdotes y religiosas y se olvidan o no pueden ver porque están ciegos a estas realidades que la iglesia de Cristo Jesús es esa, sencilla, humilde, pobre, pero capaz de tomar partido por el menesteroso, el que sufre, el indefenso, y no la que, por entrar en componendas con el poder, pierde su esencia, su razón de ser, que es anunciar el Evangelio de Cristo Jesús. Eso Ortega y Serpa, por muy cardenal y obispo que sean, no se puede hacer, si no es pasando y asumiendo la cruz que Cristo cargó con dignidad, necesitando la ayuda de otros en ocasiones, y mostrando sus limitaciones humanas, pero permaneciendo firme en su misión de salvar al hombre y a la mujer.

Lástima que momentáneamente el cardenal Alamino, Serpa y el Estado cubano se han salido con la suya, digo momentáneamente, porque siempre la verdad, la justicia, la libertad y la razón tendrán la última palabra. De todas formas y a pesar del daño que estas situaciones provocan a la institución de la iglesia, estoy seguro que servirá de purificación a la institución, y que en un futuro podrá reconstruirse y reparase el daño infligido por estos prelados. De todas maneras esto no es nuevo en la milenaria experiencia de la iglesia, de los cristianos que la conforman depende que ella siga siendo, Sacramento de salvación.

 

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