No se puede dejar a Cuba en una peor estación de tren de la civilización
Lech Walesa
Con la revolución polaca de Solidaridad, con la cual hemos contagiado a otros países, llevamos a la caída del comunismo en Europa Central y la Oriental. Junto a ello y el desarrollo global de la civilización, hemos puesto en marcha a una nueva época. La historia de la humanidad en tiempo pasado fue la historia de guerras, del cambio de las fronteras y de la construcción de muros. Caían naciones enteras; esta fue la lucha por el sobrevivir, por la dominación. El mundo de hoy necesita otra filosofía, otro orden, porque vivimos en la época del intelecto, de la información, del internet y de la globalización. Ninguna generación, a escala global, no ha tenido esta oportunidad que nos ha tocado a nosotros. Pero estas posibilidades deben tener todas las naciones del globo terrestre. Muchas de ellas, sin embargo, continúan privadas de estas ventajas. Como sabemos no todos han concluido la vieja época de divisiones. En los momentos de reflexión sobre este tema, siempre con preocupación estoy mirando a Cuba. La dictadura de 50 años ha hecho en Cuba una cosecha amarga. El gobierno de los hermanos Castro expulsó del país aproximadamente a un millón de habitantes. Una quinta parte de la nación cubana vive en la emigración y son esos cubanos los que en gran medida mantienen al resto de la nación que vive en la isla. El mito sobre la revolución está agonizando y los que más sufren son las personas simples. Yo no creo en los supuestos éxitos de este período – el servicio médico gratuito, la educación generalizada, la cual en su absoluta totalidad consiste en un adoctrinamiento ideológico. La educación superior de la mayor parte de los cubanos no se traduce en la calidad de su vida. Más bien lo que tienen son las libretas de racionamiento humillantes y salarios de penuria, la delincuencia y la prostitución muy extendida. En Cuba funcionan legalmente dos periódicos comunistas, y el acceso al internet tiene sólo el 2 % de la población. La opinión pública hasta hoy recuerda las dolorosas, para muchas familias cubanas, consecuencias de la Primavera Negra – el ataque más drástico contra el movimiento de disidentes y oposicionistas, cuando el régimen se permitió numerosos arrestos y condenó a 75 personas a muchos años de prisión. Durante el último año no cambió mucho, cuando las responsabilidades de Fidel Castro las asumió su hermano. Posiblemente hizo algunos pasos simulados. Pero posiblemente ocurre al fin que la gotera de la esperanza y de la libertad empezó a cavar la piedra de constreñimiento y dictadura. Entonces continuamente tenemos que volver a hacernos la pregunta: ¿cómo ayudarles a los cubanos que están metidos en el sistema viejo, ineficiente y restrictivo? ¿Cómo deben entrar en una época nueva? ¿Cómo cambiar el sistema político? ¿Cómo debe ser el nuevo sistema económico? Hay quien propone basar la transformación en los principios de la libertad, del capitalismo y en la falta de excesivas regulaciones; otros dicen: “no” – a la globalización no se logra mantener sin los valores; y los terceros, aplicando el método de los pasos fingidos, tratan de defender al estatus quo. Yo repito, hasta aburrirles: ninguna nación en día de hoy debe quedarse en una peor estación de tren de civilización. En la perspectiva global Cuba, al igual que otras regiones de este mundo, nos hace falta a todos nosotros. En mi opinión no será posible solucionar muchos problemas del mundo, cuando en la comunidad internacional no habrá Cuba. Cuba abierta al mundo, Cuba - un integrante, con plenos derechos, de la familia de estados y naciones. Desde hace muchos años me interesan los asuntos de Cuba. Y tengo que decir con aire guasón y con perfidia que si yo viviera en Cuba, ya hace mucho tiempo hubiera terminado la revolución. Ya desde hace mucho tiempo existiera allí otro sistema. Probablemente es demasiada soberbia y seguridad de si mismo, pero sin ellas, sin confianza y sin convicción, no hubiese habido, pues, transformaciones en Polonia. Los 20 años de la democracia en Polonia muestran que las cosas imposibles se hacen realidad. El carácter pacífico de la transformación polaca hizo de ella un modelo de transformaciones reconocido en el mundo. En aquel momento histórico no hemos podido tomar otro camino. Tengo la impresión de que igualmente en Cuba se acerca un momento histórico importante. Estoy convencido de que el sistema cubano tiene que caer, como frecuentemente lo estuvimos observando en el ejemplo de otros países. Probablemente hay que luchar de otra manera, aplicar distintas soluciones, que más corresponden a la específica cubana. Los cambios hay que realizar con el esfuerzo común de toda la nación y con el apoyo del mundo. Personas individuales no logran nada. La nación tiene que consolidarse constantemente. Es importante que los cubanos a la hora de la caída del régimen sepan elaborar una visión del futuro del país común, sólida, basada en el acuerdo social. Es importante la comunidad de los objetivos. No es tiempo para presentar las ofertas competitivas sobre la lucha. Lo fundamental es que los mismos cubanos confíen en la necesidad del cambio. Nada resuelve el imponerle a la nación cubana unas soluciones preparadas. La metamorfosis de “la faz de esta tierra” – citando al Juan Pablo II que hace años despertó en nosotros el espíritu del cambio – tiene que empezar en los corazones y en la mente de los cubanos. Indudablemente a los cubanos, que son orgullosos, no se les puede imponer nada y correr el riesgo de escuchar el reproche sobre que a la nación cubana la animamos a la revolución, a las peleas y que la sacamos a las calles, obligamos a disparar. Con las acciones que emprendemos a favor de Cuba no queremos sacar a la gente a las calles, hacia una revolución sangrienta; sólo sugerimos que Cuba le hace falta al mundo. Mi consejo consiste en el trabajo con la base, en el llegar, de diferentes maneras, a la gente simple con la información sobre que el sistema es malo, que puede haber otro sistema. La opinión internacional debe ser el ejemplo para Cuba, sobre cómo cambiar al país en la materia de la economía, la cultura, en el marco de la organización de autogobierno local, en la cuestión de la administración de la justicia y de la entrega del poder. Nosotros, los que logramos alcanzar nuestros objetivos, somos los que debemos de mostrar los testimonios materiales de que el cambio es posible. Sin embargo son ellos los que tienen que creer en esto y tienen que querer la transformación. Nadie lo va a hacer por ellos. En los últimos tiempos crece el espíritu izquierdista en las elecciones en América Latina. Sin embargo las elecciones no van a decidir sobre la caída del régimen en cualquier país. Lo va a decidir la economía y el mundo que se está globalizando. Vivimos, pues, en el sistema de vasos comunicantes; cada país temprano o tarde va a tener que ubicarse en este sistema. El aislamiento, la falta de la colaboración y la falta de la libertad de elegir conducen hacia ninguna parte. Invariablemente repito que donde el poder comunista aplica la represión contra la gente y contra sus aspiraciones a la libertad, daña para siempre la futura capacidad de crear la sociedad ciudadana. El estado utiliza el aparato del poder para ahogar las aspiraciones de la gente y destruye al espíritu ciudadano. Hay una cosa cierta: no existe una dictadura mejor o peor – cada régimen, el de la izquierda o de la derecha, es un sistema que destruye al ser humano – su dignidad y su derecho fundamental a la libertad y a la autodeterminación. Tengo la esperanza, sin embargo, de que el poder en Cuba no destruyó totalmente a la esperanza y la confianza de sus ciudadanos. Presiento que pronto esta nación va a tener la posibilidad de vivir en las condiciones de la libertad. Yo, siendo revolucionario, confío en la nación cubana. Confío que incluso esta Cuba, a la cual algunos la llaman una ruina podrida de la revolución, finalmente se va a levantar. Porque confío en la solidaridad humana, en la fuerza del renacimiento y en la justicia histórica. Recuerdo, cuando en los tiempos del comunismo en Polonia, yo viajaba por el mundo y me encontraba con hombres de Estados, con Presidentes, Reyes y Príncipes, y nadie creía que en la perspectiva de unas decenas de años es posible llevar a cabo una transformación pacífica del sistema en los países comunistas. Y sin embargo se logró romper el yugo del comunismo sin el derrame de la sangre. Confío que el espíritu de la libertad parecido va a movilizar y a consolidar a los cubanos para que actúen activamente y de manera constructiva a favor de su Patria libre. Y tengo una impresión indubitable que esto va a ocurrir más temprano de lo que opinan algunos escépticos. Cuba es un lugar precioso y yo quisiera finalmente poder viajar hacia este país y encontrarme con mis amigos cubanos felices con su libertad. *Lech Wałęsa, ex-Presidente de la República de Polonia (1990-1995), creador del movimiento de “Solidaridad” y laureado del Premio Nobel en la Paz (1983) *El texto fue publicado en la publicación cuatrimestral Revista Hispano Cubana
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