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Pawel Smolenski, Gazeta Wyborcza
Me gustaría contar mi viaje con otros periodistas de “Gazeta Wyborcza” a Cuba. Teníamos el plan de visitar a personas relacionadas con la oposición democrática cubana – pero no a las que son bien conocidas. Viajamos a ver a la gente más “sola” o a la más amenazada por la represión, lo que les hace ser personas de un valor impresionante y de un alto sentido de la justicia. Me gustaría presentarles a Ustedes tres historias de esta gente, una de ellas muy triste, otras dos alegres. La primera de ellas, la triste, tuvo lugar en un pueblo al oeste de Cuba (…). Allí fuimos a visitar a la familia de uno de los 75 disidentes, encarcelado y condenado a 20 años de prisión por recoger firmas para el Proyecto Varela hace unos años. Las calles en la Habana o en los pueblos cubanos están bastante mal indicadas si lo están. Faltan los números de las casas, así que si queremos encontrar a alguien, tenemos que preguntar a la gente en la calle, buscar sus huellas. Por eso estuvimos dando vueltas por el pueblo durante una hora y media, sin resultado. Fue una experiencia triste porque cuando preguntábamos por la dirección del preso político, la gente no quería mirarnos ni hablarnos. Tenía entonces la impresión de que entre mí y los cubanos hay una barrera impermeable de cristal, con la que me tropezaba y no me daba la posibilidad de dar ningún paso adelante. Bastante desanimados fuimos a un pueblo a 25 kilómetros al sur. Este tipo de pueblos se llaman en Cuba pueblos esclavos. Son cierto tipo de campo de trabajo pero no tan rigurosos, de los que no hay posibilidad de salir fuera. Allí llegamos a la dirección que buscamos. Entramos en la casa preguntando primero por la posibilidad de esconder el coche para no llamar la atención de los servicios de seguridad y para no arriesgar a nadie. La mujer de la casa nos dijo “No tenéis que esconder nada. Aquí todos son nuestros amigos.” Aquella era para mí la primera señal de que algo que parecía sólo un sueño, es decir la sociedad civil en Cuba, empieza a crearse; señal de que hay un grupo de personas valientes y con un alto sentido de la justicia en Cuba, que son capaces de hablar en voz alta de los derechos humanos. Gracias a aquella visita pudimos ver, cómo la solidaridad entre la gente los ayuda a sobrevivir en tiempos difíciles, bajo el gobierno de un régimen horrible, cómo nace poco a poco y se hace más fuerte. Berta Artuñez de Cuba central me contó el caso de actos de repudio – es una forma de represión contra la oposición, que consiste en que una pandilla de bandidos va a la casa de una persona que se atreve hablar o pensar de forma diferente de lo que está permitido, lo insultan, escriben cosas horribles en las paredes, lo roban, lo maltratan – ocurren cosas espantosas. Un día lo sufrió el mejor amigo de Berta Artuñez. Después de la paliza que le dieron, volvió a casa al cabo de dos horas y vio una cosa que no habría esperado ver en la vida. Vio a sus vecinos que cortaban trocitos de jabón, que es un artículo deficitario en Cuba, los metían en cubos de agua, y después limpiaban las paredes de la casa llenas de los lemas escritos por los bandidos enviados por las autoridades. Un lema que se repetía era “¡Viva Fidel!”. Aquella gente lo limpiaba con una alegría impresionante y convencida de que de esta forma pueden demostrar la solidaridad entre vecinos. Pueden olvidar el temor y la indiferencia de muchos años, transformando el ambiente de amenaza en un ambiente de comunidad. Ésta fue una experiencia nueva – nueva incluso para los que observan Cuba desde hace años. Hasta ahora he hablado de personas comprometidas con las actividades de la oposición, de gente que sabe qué es la libertad, conoce su precio y está lista para arriesgar mucho por ella. Pero creo que en Cuba ocurrió también algo que de momento se puede inscribir sólo en la esfera mental, pero espero que dentro de poco tenga forma de unos comportamientos más concretos. Por casualidad encontré en la Habana a dos jóvenes: un chico que vendía fruta en el mercado y una chica, bailarina de un club nocturno. Ellos dos no se conocían antes. Se sentaron en nuestra mesa en un bar cutre, cerca del paseo marítimo El Malecón. Primero hablamos como se habla bebiendo una copa de mojito, es decir de todo y de nada. Pero después, estos jóvenes que no se conocían, empezaron a hablar entre sí. De repente algo se rompió y resultó que pueden hablar sinceramente, sin alabar a las autoridades, de cuyos aspectos horribles no se evitaba hablar en esta charla. Los dos hablaban sin temor de sus esperanzas y miedos. De esta experiencia saco una conclusión, que probablemente es bastante banal, pero tan banal como toda esperanza. Los Cubanos, tanto los relacionados con la oposición, como los que simplemente viven allí, ya no cuentan años, cuentan días. No quieren esperar para tener libertad ¿Qué es lo que resultará de ello? Nadie lo sabe. Pero el hecho es que la isla ya no está dormida. No es una isla maldita con un dictador barbudo y sus discursos que duran horas. Es una isla que anhela la normalidad. Y nada más, sólo normalidad.
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